Sobrevivi a un salto de fe
- mireillealatiel

- 17 abr
- 2 Min. de lectura
"Entonces se disfraza con el traje de fuerte que solo se quita al llegar a la casa..." (Kany García).
Qué complicado es renunciar; dejar ir una vida y una identidad que te gusta, una que construiste de forma consciente, con esfuerzo y determinación, simplemente porque la vida, el universo o Dios te empujan a soltarla. En esta ocasión, el desapego me ha resultado doloroso. He opuesto mucha resistencia; mi cerebro intenta encontrar una lógica que no existe. Solo hay biología: mi cuerpo está cambiando y, con él, toda mi estructura neural. Solo me queda la fe en que el futuro resguarda algo mucho mejor que lo que ya tenía.
Parte de la dificultad radica en que no hay un agente externo a quien odiar, de quien quejarse o a quien maldecir. Es solo la vida transformándose; lo natural; una etapa que, como mujer y ciudadana del mundo, me toca transitar.

Mi intuición me dicta que había una toxicidad profunda, pero no la que solemos imaginar (tipo relacionada con la nutrición o el ambiente), sino una toxicidad en el ADN. A menudo construimos nuestras vidas sobre la base del trauma, de hábitos y creencias familiares o sociales. Al parecer, todo aquello me alejaba de mi verdad. Y ojo aquí: en mi cotidianidad no se sentía así. Tenía la vida que soñaba, me dedicaba a lo que me apasionaba, me iba bien económicamente y mis vínculos eran valiosos, había trabajo y esperanza para ir por más. Me sentía libre.
Sin embargo, hoy entiendo que mucho de eso nacía de mis miedos y del trauma infantil, solo que logré disfrazarlo para que encajara en mi historia. En apariencia, parecía estar rompiendo patrones familiares, pero era un espejismo: estaba decorando el trauma. Mis sentimientos de plenitud eran reales, pero no eran auténticos con mi sistema operativo interno ni con mi biología actual.
Este proceso inició en 2024. Hoy, 17 de abril de 2026, por fin me permito llorar. Me vencí, me rendí y me entregué a la fe de ese futuro que aún no soy capaz de
imaginar. Es sobrevivir a un salto de fe a ciegas; estoy construyendo desde el vacío, descubriendo a una nueva "yo".
Muchos le llaman crisis existencial, otros crisis de la edad, o simplemente menopausia. Sea cual sea el nombre, es duro. Pero si el ADN se puede reprogramar, hoy me siento fuerte para hacerlo y para contribuir a la humanidad con una evolución verdadera. La creación me recuerda que no somos individuos eligiendo en soledad; somos parte de un todo cuyo alcance quizás nunca logremos dimensionar.
Si estás pasando por algo similar, recuerda: no estás sola. Todo pasa. Sigue avanzando, aunque avanzar a veces signifique pausar, fallar, perder y soltar.




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