No eres lo que piensas, pero tus pensamientos sí son un demonio a vencer
Antes de ser pecados, eran simplemente hábitos mentales y emocionales a vencer en la incomodidad del desierto.
Cuando mi fe era cristiana, jamás me identifiqué con el concepto del pecado, pues siempre me lo explicaron como una ofensa hacia alguien más, un reglamento rígido a seguir, en lugar de una metodología inspirada por ese Creador amoroso que nos brinda herramientas para dejarnos de hacer daño y procurar nuestra plenitud. Así que aquí va el fundamento real y no manipulador, con la simpleza y el alcance con el que debió ser desde un principio.
Los Padres y Madres del Desierto fueron los primeros cristianos que se retiraron a vivir en el desierto de Egipto en el siglo III, consolidando las bases de lo que más tarde se conocería como los 7 pecados capitales. Pero no se trataba de un concepto pecador: eran los descubrimientos o tentaciones que tuvieron que vencer al irse al desierto. A través de sus pensamientos, libraban una guerra espiritual real que buscaba apartarlos de Dios. No eran simplemente "actos malos" (pecados), sino pensamientos distorsionados y fijaciones que nublaban la mente.

Diálogos mentales
Los monjes a mitad del día, cuando el calor era insoportable, sufrían el ataque de pensamientos intrusivos. Les provocaban un aburrimiento profundo, flojera, asco por su celda y el deseo urgente de abandonar el desierto. ¿Cuántas veces te has sentido así en tu trabajo, en el tráfico o en una relación de pareja? Todos tenemos nuestro propio desierto.
El desierto y el ayuno prolongado provocaban intensas batallas mentales. En la actualidad, ese desierto sería tu ex, tus preocupaciones, los peligros de tu ciudad o las situaciones familiares que no están bajo tu control.
De hecho, los monjes del desierto desarrollaron un método psicológico y espiritual revolucionario para su época para combatir los pensamientos negativos antes de que se convirtieran en acciones. Si me sigues, me has escuchado invitarte a ser el observador de tus pensamientos, a desarrollar un diálogo interno con autoliderazgo... pues bueno, uno de los tantos antepasados de estas herramientas son los Padres del Desierto.
No se guardaban nada: el monje joven (discípulo) debía revelar absolutamente todo lo que pasaba por su mente a un monje anciano y experimentado. Ellos creían que el "demonio" (o el pensamiento negativo) pierde todo su poder en el momento en que se expone a la luz y se verbaliza (como sabemos actualmente con las emociones). Si el pensamiento se mantenía en secreto, crecía y destruía al monje (la rumiación mental, los chismes y los prejuicios). El anciano no juzgaba ni castigaba; actuaba como un médico del alma. Escuchaba el pensamiento y recetaba un remedio espiritual específico (un pasaje de la Biblia para memorizar, un cambio en el ayuno o un trabajo manual diferente). A esto, en la modernidad, se le llama psicoterapia, guía espiritual, mindfulness, journaling, inteligencia emocional, mantras... y mucho más.
Durante generaciones, estos dichos se transmitieron de forma oral en copto y griego. En los siglos V y VI se recopilaron por escrito en libros llamados Apophthegmata Patrum. Hoy en día se estudian no solo en el cristianismo, sino también en la literatura y la psicología por su asombrosa lucidez mental.
El monje Evagrio Póntico (siglo IV) fue el primero en la historia en clasificar los impulsos inconscientes que alejan al ser humano de su "centro esencial" o de Dios. Evagrio identificó 8 pasiones compulsivas (gula, lujuria, avaricia, tristeza, ira, acedia, vanagloria y orgullo). Más tarde, la tradición de los monjes ortodoxos sumó el temor (o el miedo), completando una lista de 9 fijaciones mentales. El Eneagrama moderno funciona exactamente bajo esa misma premisa.
Para el siglo VI, el papa Gregorio Magno reduce la lista a los 7 pecados capitales para la Iglesia occidental.

Gimnasia e higiene mental
Aquí te dejo esta valiosa sabiduría, simple pero profunda, tal cual era para ellos:
Ira (Orgē): Para los monjes, la ira quema el alma y destruye la capacidad de rezar (el contacto con Dios). Su antídoto directo era la mansedumbre, la cual ayudaba a moderar el enojo y a evitar el resentimiento o las ganas de venganza ante una ofensa y el límite físico. Actualmente sabemos que la ira requiere acción. Pero la acción no es contra quien te ofende: requieres retirarte, sacar de forma física esa energía y después usar esa fuerza para actuar gentil y humilde. Se requiere de presencia y actuar lento para redirigirla. Ellos solían morder piedras durante el tiempo necesario y no irse a dormir sin pedir disculpas o conversar para ir en paz. Te dejo este manual para aprender y practicar a gestionar emociones : Entrenamiento emocional.
Orgullo (Hyperēphania): Como el orgullo te hace creer superior, la metodología consistía en humillar activamente al ego. Los ancianos obligaban a los monjes orgullosos a realizar las tareas más sucias o humillantes del monasterio (limpiar letrinas, cargar agua para otros). Otra táctica era el "autoreproche": cuando el orgullo les decía "eres muy santo", el monje respondía inmediatamente recordando en voz alta sus peores faltas del pasado. Una de las técnicas modernas es evidenciar al ego, verlo cara a cara tal cual es: al reconocer las verdaderas intenciones, este se debilita. En mentoría enseño una herramienta para reconocer a tus diversos egos al ponerles nombre y personalidad (estilo); de esta manera, en nuestro diálogo interno podemos percibirlos con claridad para trabajar con ellos cuando toman las riendas de una situación.
Vanagloria (Kenodoxia): La vanagloria busca la validación ajena. El antídoto era esconder las virtudes. Si un monje ayunaba de más, rezaba toda la noche o hacía milagros, tenía prohibido contarlo. Si alguien iba a alabarlo, el monje fingía ser un ignorante o un loco para recibir desprecio en lugar de aplausos. Se requiere aprender a validarnos a nosotros mismos para no estar necesitados del reconocimiento de otros. Hoy identificamos como un acto violento el invalidar o no reconocer a otros, si bien esto también es una forma de vanagloriarse. Creer que siempre tienes la razón, que tu verdad es la verdad universal de todos e incluso la falta de interés en los demás puede caer en esta tentación mental. Puedes descarga el cuaderno de trabajo para profundizar en el tema: Lo que te choca y te checa workbook.
Tristeza (Lypē): La tristeza se alimenta de añorar lo que no se tiene (bienes, familia, comodidades pasadas). Aplicaban la "Eucaristía mental" (que significa dar gracias); sí, la famosa gratitud. Cada vez que la mente se quejaba por la dureza del desierto, el monje se obligaba a cantar salmos de alabanza de pie. Reemplazaban activamente el pensamiento de escasez por un registro de las bendiciones presentes. Puedes descargar un diario de gratitud aquí.
Acedia (Akēdia): La acedia te da flojera de todo y te pide a gritos huir de la celda. El antídoto era la estabilidad de cuerpo y mente. Si el monje sentía un hastío insoportable, se obligaba a mantener los ojos fijos en su tarea de tejer cuerdas o canastas. Dividían el día en bloques tan pequeños y estrictos que la mente no tenía tiempo de aburrirse (estrategia de objetivos pequeños). El trabajo manual actuaba como un ancla psicológica para el cuerpo (tus hobbies, tus pasatiempos o la limpieza de tu hogar).
La procrastinación, falta de autoconocimiento, indagación personal o no asumir la responsabilidad de nuestros actos y decisiones son parte de la acedia. La inmediatez, todo lo queremos ya, a nada le tenemos tolerancia y paciencia. La godofobia (el miedo paralizante a tomar decisiones o a que las cosas salgan mal) y la parálisis por análisis son manifestaciones perfectas de la acedia contemporánea. La pereza mental es más sutil y difícil de observar, pues hoy se disfraza de cansancio, sobreestimulación, fatiga social o saturación.
Te recomiendo este workbook para salir de ese estado de aletargamiento: ¿Cuántos miedos cuento cuando tengo miedo?
Miedo / Temor (Phobos): El monje debía correr a contarle su pánico al Abba. Al verbalizar el miedo ante el maestro, la mente lo racionalizaba y el terror perdía fuerza. También utilizaban la frase de contradicción (Antirrhetikos): "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?". Tomar distancia de tus pensamientos se convierte en un hábito de salud. Ir a terapia, escribir en tu diario o contárselo a tus amistades siempre ayudará a debilitar nuestros miedos.
Avaricia (Philargyria): La avaricia te hace acumular cosas por miedo a pasar carencia en el futuro. El antídoto era la pobreza voluntaria extrema. No poseían nada que no fuera estrictamente necesario para sobrevivir al día siguiente. Si un monje ganaba un poco de dinero vendiendo sus canastas, se quedaba con lo mínimo para pan y agua, y regalaba inmediatamente todo el excedente a los pobres de la ciudad o a los viajeros. El desprendimiento material entrenaba a la mente a confiar en el presente. Para mí, esto me lleva a la preocupación por dinero, los pensamientos y actitudes de carencia, la falta de desapego no solo a lo material, sino también a aquellas relaciones que ya no son. Ya que la avaricia no es solo el querer más, es el miedo a no tener.
Lujuria (Porneia): Las fantasías sexuales atacaban con fuerza en el aislamiento. El antídoto era agotar la energía sobrante del cuerpo. A nivel mental, aplicaban la "custodia de la mirada": no fijar la atención en recuerdos, imágenes o rostros del pasado que pudieran encender la imaginación morbosa. Hoy en día se sigue hablando de cuerpos con gran autoridad y juicio, el acceso a las imágenes surge a temprana edad, las series de televisión están invadidas de historias de asesinatos y al parecer estamos desarrollando un gusto por ello; ya no es necesario imaginar, ya está ahí.
Gula (Gastrimargia): Su metodología no consistía en dejar de comer hasta morir, sino en la templanza regulada. La regla general era comer una sola vez al día (normalmente al atardecer) y parar de comer justo antes de sentirse completamente llenos. Al acostumbrar al cuerpo a una ingesta fija, la comida dejaba de ser un objeto de deseo obsesivo y pasaba a ser un simple combustible. Esto me lleva en la actualidad a la falta de hábitos horarios para comer por causa de vivir a un ritmo acelerado. El uso de la comida como regulador emocional y del sistema nervioso, pero también de las ideas restrictivas y modas sobre la ingesta, llevando todo a extremos.
La metodología no funcionaba de manera aislada. Todo dependía de la Nepsis, que se traduce como "atención plena" o "sobriedad de la mente". El monje se sentaba en su celda a observar sus propios pensamientos como quien se sienta a la orilla de un río a ver pasar los barcos. Sabían identificar qué "barco" traía qué pasión, y aplicaban el antídoto correspondiente antes de que tocara el puerto de su corazón. Si quieres aprender este ejercicio de mindfulness ve a mi canal de YouTube aquí.
Si bien los monjes adaptaron estrategias y metodología a su estilo de vida, en la actualidad recomiendo hacer el ejercicio para identificar dónde están recayendo esos pensamientos y crear e implementar técnicas y ejercicios que ayuden a disipar esa mentalidad. Y si tienes dificultad para identificar tu diálogo interno o generar una metodología estrategica personal nos vemos en Mentoría.
Me encantó este descubrimiento (para mí, obvio); también me di a la tarea de investigar: ¿Cómo convirtieron las pasiones en "rasgos de personalidad"? Si también te interesa, escríbeme en comentarios para hacer parte 2.
Gracias por leerme.





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